domingo, 18 de agosto de 2013

Amabilidad sin límites

Esto es lo que deben hacer aquellos que son expertos en buscar el bien, habiendo alcanzado ya el camino hacia la paz. 
Ellos deben ser capaces, directos y rectos, debe ser fácil hablar con ellos, ser suaves y no orgullosos. Contentos y fáciles de mantener, con pocas obligaciones y deseos. Con los sentidos calmados, prudentes, modestos y sin codicia por las posesiones de otros. No deben hacer nada que los sabios reprobarían. Puedan ellos estar bien y seguros; puedan todos los seres ser felices.
Todos los seres vivos, cualquiera que haya, ya sean débiles o fuertes -sin omitir a ninguno- Sean largos, corpulentos o medianos, grandes o pequeños. Vistos o no vistos, que habiten cerca o lejos. Nacidos o por nacer, que todos los seres puedan ser felices. 
Que ninguno engañe a otro, que ninguno menosprecie a otro en ningún lado. Que nadie, por la ira o la hostilidad, le desee sufrimiento a otro. 
Tal como una madre protege a un hijo, a su único hijo. Así uno debe cultivar una mente sin límites hacia todos los seres, y amabilidad hacia el mundo entero. 
Uno debe cultivar una mente sin límites, arriba, abajo y a través. Sin obstrucción, odio o enemistad.  
De pie o caminando, sentado o recostado, a lo largo de todas las horas de vigilia. Uno debe practicar esta atención plena; éste, dicen, es el estado supremo.
Sin caer en creencias equivocadas, virtuosos, dotados de introspección. Habiendo superado el deseo por los placeres, uno nunca más volverá a renacer. 


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